El Blog de Borges

De literatura y otras cosas... Bienvenidos.

 

viernes, mayo 13, 2005

Me di cuenta que creé un poco de expectativa cuando mencioné lo del ejercicio. Ya lo han comentado en clase, así que lo reproduzco aquí para el deleite de todos. Gracias a Yolanda por la idea. El próximo ejercicio consiste en escribir una situación en la que dos personas con documentos importantes de alguna manera terminan con los documentos de la otra y tienen que resolver la situación. Cuando termine ese, lo reproduzco aquí también.

Que disfruten e invito a que comenten.

La despedida

Los focos del automóvil alumbraron el pequeño letrero color marrón que leía, en letras blancas, Río Charco Azul, Patillas. El Impala se estacionó al lado de la carretera y el conductor apagó el motor. La luz de la luna parecía convertir el agua del río en plata derretida.

Miguel salió del carro y miró los alrededores. Se azotó el cuello en un intento fútil de matar un mosquito. Se acercó a la parte posterior del auto y se detuvo a observar la carretera. Segundos después, abrió la puerta del baúl.

Miguel gruñó al tratar de levantar un enorme bulto envuelto en una sábana blanca. Con trabajo, lo recostó en el hombro derecho. Se podía oír un quejido amortiguado salir del envoltorio.

Al llegar a la orilla del río, dejó caer la carga. Se oyó un quejido más fuerte. Desenvolvió la sábana para revelar a un anciano amarrado. En la parte inferior de la cabeza se le notó un moretón.

-Quéjate si quieres… Nadie te va a oír –dijo Miguel. Se limpió la frente húmeda con el antebrazo derecho. El anciano trató de gritar, pero el pañuelo en la boca sujetado con cinta adhesiva se lo impidió. Sólo se escuchó un gemido furioso.

-¿No te gusta? –Miguel fingía sorpresa-. ¿No te lo para? Camila me dijo que así era como la atabas...

El viejo abrió los ojos. Vencido, se sometió al silencio.

-Me contó todo, Ángel… cada detalle… ¿Te sorprende? Lo calló todos estos años… Para ella fue una confesión.

Ángel cerró los ojos. Comenzó a llorar, el labio superior húmedo con mucosidad de la nariz. Respiró corto, rápido.

-Cuando los encontré… a ti en el piso… ella con el bate en la mano… ya sabía qué había sucedido… ¡Tu nieta!

Los pulmones del anciano pitaron cuando comenzó a respirar, esta vez hondo, despacio.

-Ángel… ¿Puedo llamarte Ángel, verdad? Porque abuelo Otero no suena bien en este instante… ¿Cómo te decía?… ¡Ah, sí! ¿Te aprovechaste de mi ausencia, verdad? Veo por qué nos ofreciste el terreno al lado de tu casa…

Miguel verificó las amarras y viró a su prisionero. El rostro arrugado se ensució con una mezcla de fango y sudor. Examinó el hematoma encima de la nuca del viejo.

-Tienes suerte que no sabe usar un bate… Aunque tal vez no fue buena suerte… ¿Recuerdas por qué entré al ejercito? Para ser digno de tu nieta… Así me dijiste. Estoy seguro que no pensaste que me enviarían al otro lado del mundo para matar desconocidos.

Ignoró los suplicios silenciosos de Ángel. Soltó de la cintura una correa de tela verde con una hebilla dorada.

-Es la que me regalaste… La que usaste tú en el ejército… Para buena suerte… ¿Sabes qué aprendí allá? A joder al que te jode. No sabes cuántos tenientes sufrieron “accidentes” por hijo de putas… Aprendí que una de las muertes más temidas es morir ahogado. Te enseñan ese tipo de cosas…

Miguel amarró la correa verde alrededor del cuello de Ángel, pero no la apretó. Entonces, volvió a envolver al viejo con la sábana, ahora enfangada. Le colocó una funda de almohada por encima de la cabeza y la amarró alrededor del cuello. Arrastró al viejo casi hasta el agua. Ángel trató de resistir, pero las ataduras lo mantuvieron inmóvil.

-Me despido, Ángel. Te dejo con esto: Espero que ni Dios te perdone –dijo y empujó al viejo al río.

Se sentó en la orilla a observar cómo Ángel luchaba por zafarse de los pañuelos y la sábana. A los tres minutos el cuerpo dejó de luchar y comenzó a hundirse. Miró el reloj y se puso de pie. Caminó hasta el carro y se marchó del Río Charco Azul, planificando cómo explicarle a Camila que el abuelo Otero había decidido marcharse de Patillas.

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